Nihil

Anacronismo viviente

Categoría: Música

Cecilia Bartoli

Agitata da due venti – La Griselda

Viva Vivaldi! Arias & Concertos / Cecilia Bartoli · Il Giardino Armonico (2000)

El hombre solo

Seguía siendo el mismo, a pesar de su nuevo aspecto melancólico. Se preguntaba dónde estaba, sin encontrar más razón que la dimensión que abarcaban sus melodías; esas palabras que salían de una vida personal, aderezada con el corazón y la genuina mente de un artista. El ángel caído le susurraba al oído: “Dime alma errante, ¿cual es tú deseo?”.

Mucha gente no le comprendía, aunque algunos fieles siguieran a su lado. ¿Cómo podría ser el mismo si ya no tenía esa misma imagen? ¿Podía perdurar la esencia más allá del “cuerpo”? Estaba solo y quería que su dolor se alejara. Intentaba encontrar algún camino a través de las imperantes voces de los sabios, llevándole allá donde el río fluyera. Sin embargo, seguía sin rumbo.

El dios pasado, aquél que dirigía la mirada desde la distancia, no quería cambiarle, sólo robarle los sueños. Sin embargo, ya no estaba. Él, mientras, se quería acercar a un nuevo dios, diáfano, complejo, cercano a la perfección ansiada. La unión entre todas las partes de esa misma naturaleza daría sus frutos.

Recordó que fue un niño, aquellos ecos de vida que reverenciaban a la madre tierra. Hoy volvía a vivir después de la muerte, caminando sobre el agua, buscando otra vida. El dolor del pasado debía desaparecer.

De nuevo, el resplandor brilla en sus ojos…

Empty Hollow

El sueño vacuo. El abismo eterno. La extensa mirada de la oscuridad que se sumerge en las profundidades de la inconsciencia. Estoy muriendo. Hoy ya no hay nada más que decir, pues la melodía me ha llevado a la depresión. Primero fue la negación, luego la ira, para posteriormente demostrar una parca sensación de inmortalidad.

El mundo no sabe que su muerte es la pérdida más grande y yo no puedo seguir aquí. He de seguir, pues no nací en la vida terrenal, sino en el vacío eterno.

Downburst

My words are like fire

La tormenta se acercaba serpenteante por el cielo que ya estaba oscureciendo. El crepúsculo irradiaba la heterogénea luz solar a lo largo y ancho del vasto lugar. Sin mentiras, con la paciencia de un ser atrapado que espera la salvación, se sumergía la mente en la siguiente estación: el corazón hastiado. El paso fue visiblemente entretenido; un amenizada parada en la espera de un callejón que se iba adaptando a la venida de la tormenta. Los mundos se acercaban pacíficamente y se unían en una asombrosa atmósfera de cálida frialdad.

Comenzó la tormenta. Sin olvidar lo que creía, el escalofrío recorría todo el cuerpo. La música comenzaba a sonar, la tormenta se acercaba. Recordaba una realización imaginaria sobre la posible concreción de aquel suceso real que en un futuro podía suceder. Era palpable, era casi una melodía que podía tocar entre mis dedos. La fuerza, la crudeza y la oscuridad se sumergían junto con la armonía. Mas no había sucedido.

La sangre caía sobre el rostro con los ojos vendados. La mente estaba congelada y se dejaba enturbiar por la potencia extracorporal. El pensamiento podía aún reconocer la imposibilidad de su lucha ante el inconsciente. Las palabras que adoptaban la rapidez vacía, que vacilaban sin querer marcharse, se agarraban a la punta del dolor. Por ello, buscaba los recovecos de su estúpida opresión y cabalgó hasta las raíces de las heridas. Allí, encontró la memoria de un ser caído y se quedó en la espesura del bosque.

Entre medio de las sombras, lleno de júbilo y bromista, aconteció un ser con su fabulosa voz. Disfrutó del encuentro y alargó su voz hasta la última gota que cayó sobre la pálida Tierra. Terminó dando la harmonía a la excusa que ha sido reconvertida como vida. Los altibajos entraban dentro de la consciencia de aquella mente concisa. Acabó, al fin y al cabo, preguntando cómo sentíamos.

Ex Deo

Viajando en soledad desde la guerra perdida, comprendía la visión de un trágico final para el nacimiento de la nueva civilización. Caminaba quieto, cabizbajo, eternamente ensimismado en una idea vacía e inerte. Jugaba a ser una divinidad que había caído desde el monte que se ubicaba en el vasto campo de la eternidad. Adivinaba las precisas vicisitudes del inconstante tiempo etéreo. Las trompetas de la guerra aún resonaban en las puertas de su alma indiferente.

De la boca del lobo había nutrido su ferocidad, apaciguando la única llama de vida que se le otorgaba, el único susurro de la prosperidad, cabalgando sobre el pérfido aroma de la iniquidad. Los dioses habían hablado desde el más allá, resaltando los delirios de grandeza que se resentían en su interior.

Tan sólo eran un reflejo de su apariencia, con las mismas debilidades y errores…

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