Nihil

Anacronismo viviente

Etiqueta: relatos

Sobre la cima

El horizonte se desplegaba ante mis ojos. Formas diferentes divergían en una maraña de entrelazadas visiones blancas. Adquirían extrañas formas que se suspendían en el aire, ora abstractas, ora realistas y definidas, como si pudieran atravesar las barreras de mi mente y expresar aquello que contenía. El aire, denso, soplaba con fuerza y trataba de arrastrarme hacia atrás. Las sensaciones eran incoherentes e inconclusas.

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Desconocida eternidad

La luna parece atravesar los barrotes. Vive al otorgarle ese misticismo arcaico, cuando no es más que otro cuerpo cósmico. Qué absurda interpretación se le puede dar al mundo desconocido y qué error más grave se puede cometer cuando la arrogancia se adentra en el ser humano. Quizás, más allá de la cumbre de esa montaña, haya un ser carente de negativas cualidades. Mas pensarlo no es más que una mera utopía, pues inherente es a la extensión humana la inicua sinrazón. Por ello debo aceptar, antes del amanecer, la realidad filtrada a través de mi percepción.

Acabo de atisbar la figura de un ave nocturna que sobrevuela el cielo oscuro. No es necesario que tales siniestros presagios se presenten ante mí, porque sé cuál es mi destino. Las arenas del tiempo se acercan hacia mí y pronto me arrollarán. Eso pesa en mi mente, aguijoneándome los pensamientos como si arrastrara ya una carga desde hace años. Y no tengo nada más. Es lo único que puedo reflexionar, hasta el punto en el que ya ni siquiera recuerdo las injusticias, si es que algún día lo fueron. Al mirar hacia los barrotes lo único que veo es lo que la humanidad no quiere aceptar ni ver. Por eso, tan rápido como puedo, aparto la mirada hacia algún otro lugar. Sin embargo, sólo hay paredes.

Ahí viene. Y sé que el sermón catapultará mi mente a reflexiones profundas. Si realmente existiera como tal, la gran mayoría acabaría ante esas llamas incesantes. El castigo, ese mal humano, traspasa los límites de la existencia y se transforma en una idea divina, extracorpórea. Las ideas humanas plasmadas en un libro vendido como la fuerza de dios. Cualidades terrenales atribuidas a una figura superior.

Aceptaré, sin más, que todo ha acabado. Pero todo aquí seguirá igual.

El poeta y la muerte

Escribía versos rápidamente, tal y como centelleaban en su cabeza, intentando plasmar las impactantes imágenes que sobrepasaban su pensamiento. Sabía que estaba allí. Le perseguía y sabía de su última proposición. Estaba ahí, más allá de la penumbra, desdibujada por la opaca percepción. Podía sentirla, pero no podía observarla, no podía verla. Hervían incesantemente las ideas, aventajando al tiempo que le separaba de su verdugo. Quería expresar aquello que era imposible expulsar, aquello que apenas se veía reflejado en las palabras. Tenía que hacerlo, pues el tiempo jugaba en su contra.

La vista se le nublaba y la oscuridad se cernía sobre él. Poco le quedaba para finalizar, pero era incapaz de cuadrar tantas frases inconexas, carentes de sentido. Eran temas diversos, pero a la vez unidos por un vínculo demasiado laxo. Lo leía y releía, sin encontrar más sentido que una amalgama de palabras esparcidas por un papel. “¿Qué quiero expresar? ¿Qué me está diciendo?” se decía. Pero la sensación había cesado. Giró su cabeza y no vio nada. Sintió cómo su corazón se sobresaltaba para dar paso a una tranquilidad perturbadora. Aturdido, volvió a mirar el papel. Lo leyó detenidamente y, entre tanto caos, vio su sentido.

Albor

Amenizaban el amanecer, con rayos translúcidos, las enérgicas miradas del sol. Pasaban, ante su tez asombrada, los lánguidos brazos del aire. La consciencia recobraba su lugar en el cerebro, aquél que permanecía alojado como una pieza más en ese cuerpo que parecía querer trascender la vida y la muerte. Podría afirmarse, a pesar de las grietas provocadas por el tiempo en el relato de dicho hombre, que su mente quería elevar su propia naturaleza a una potencia desconocida, disociándose de la estructura física.

Mucho tiempo había pasado intentando comprender el significado del código vital, de las intrincadas leyes que gobiernan lo que “puede y no puede ver”. Sin embargo, poco a poco se debilitaba su motivación, mientras veía en la lejana cumbre del mártir una extraña duda que le hacía temblar. Las creencias, arraigadas en una inquebrantable estructura, hace tiempo que se tambaleaban. Sus cimientos ya no soportaban las dudas creadas por la propia evidencia lógica.

Las conclusiones caían por su propio peso, pero se resistía aún. Los rayos seguían ofreciéndole una calurosa bienvenida a un nuevo día mientras sus pensamientos seguían los esbozos de su cerebro. Comenzaba a preguntarse, dentro de aquellas ruinas interiores, si realmente estaría fuera de cualquier dimensión conocida.

Imago

Hace demasiado tiempo, las vidas en aquel lugar se veían revitalizadas y a la vez torturadas por la misma creencia. Eran dioses que ayudaban y martirizaban personificando la expresión mental de una humanidad anclada en la idea del sacrificio para obtener el amparo de la “providencia”. Éstos podían ocultar el miedo a entender la realidad de la naturaleza, que se veía a su vez revelada a través de estas figuras y justificaban así las accionas tan plenamente terrenales aunque rodeadas de un ambiente divino y falaz.

Cuando los pasos del tiempo alcanzaron la etapa necesaria, una figura surgió de entre los retales de una sociedad confusa. Ya había nacido una nueva religión hacía un centenar de años que comulgaba con semejantes ideas respecto a la mencionada persona, pero ésta última la veía como una secta que cabalgaba entre la necrofilia y el oscurantismo. Sus ideas, plenas de convicción sobre la comunión con la naturaleza, hospedadas más allá del ego individual y abrazadas por la expresión de comunidad, proporcionaban ya un atisbo del desapego a lo mundano, alabando el buen sentimiento hacia cualquier ser humano, fuera su condición cualquiera, maldad o bondad. Si tales actitudes no eran así, se afrentaba a la naturaleza.

Sin embargo, dicha persona actuó en varias ocasiones en contra de sus principios. Sus ideas fueron desechadas mientras la muerte acercaba sus pasos. Después de su muerte, apareció un nuevo dios. Esta vez, las ideas monoteistas confluyeron en una sola figura personificada. Más allá de su nombre, había muerto.

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